El Frankenstein de la política, cuando las alianzas se convierten en un lastre

Editorial

En política, las derrotas no siempre se explican únicamente por el peso del adversario. A veces, la causa se encuentra dentro del propio proyecto político. Esa parece ser una de las interrogantes que dejó el resultado electoral que enfrentó Adrián Oliva, la pregunta surge: ¿cómo es posible perder cuando aparentemente se contaba con el aparato estatal y con amplias ventajas políticas?

La respuesta, podría encontrarse en la forma en que Patria construyó las alianzas. Con el paso del tiempo, el proyecto político que lideraba Oliva comenzó a incorporar figuras y liderazgos que, lejos de fortalecer su estructura, terminaron diluyéndola.

En lugar de consolidar una base orgánica sólida, se sumaron actores que no representaban sectores claros de la sociedad – Centeno, Antelo, hasta el propio Carvajal entre otros – no contaban con estructuras territoriales propias. Muchos de estos líderes, más que aportar fuerza política real, parecían arrastrar trayectorias desgastadas o capital político limitado. La apuesta por sumar nombres terminó, paradójicamente, debilitando la cohesión interna del proyecto.

Así, lo que en un principio parecía una estrategia para ampliar la base de apoyo terminó convirtiéndose en una suerte de ensamblaje político improvisado. Una coalición formada por piezas dispares, sin un proyecto común fuerte ni una visión política articulada. En términos metafóricos, el resultado fue una especie de “Frankenstein político”, una construcción hecha de partes inconexas que difícilmente podían funcionar como un organismo coherente.

El problema de estas alianzas no fue solo simbólico. En la práctica, muchos de los actores que se sumaron al proyecto terminaron generando tensiones internas, disputas por espacios de poder y, sobre todo, una percepción pública de oportunismo político. En contextos electorales, ese tipo de señales suele ser costoso.

Además, en escenarios donde la ciudadanía demanda renovación y coherencia, la presencia de figuras consideradas “cadáveres políticos” – liderazgos desgastados o reciclados de otras estructuras – puede generar un efecto contraproducente. Lejos de sumar credibilidad, terminan restando legitimidad al proyecto Patria.

La factura política de estas decisiones suele pagarse en las urnas. Cuando las alianzas se construyen sin una base programática clara ni una estructura territorial real, el resultado puede ser una coalición frágil, incapaz de sostener una campaña cohesionada o de movilizar apoyo ciudadano efectivo.

Esta situación nos invita a reflexionar ampliamente sobre la dinámica de la política, sobre todo en Tarija. No siempre sumar más actores significa sumar más fuerza. A veces, la acumulación indiscriminada de aliados termina debilitando el proyecto original, diluyendo su identidad y generando contradicciones internas difíciles de sostener.

En definitiva, la derrota de Adrián deja una lección que trasciende a un solo liderazgo, en política, la calidad de las alianzas pueden ser tan importantes como la cantidad. Cuando un proyecto se construye sobre estructuras débiles o sobre figuras sin representación real, corre el riesgo de convertirse en un «mounstrito político» qué es difícil de sostener, una especie de Frankenstein electoral que, tarde o temprano, termina cobrando factura.